19 jul. 2008

Carta a mi abuelo



Abuelo: ¡Como olvidar tus preciosos ojos verdes oliva que de niña tanto me protegieron! Revelaban una curiosa mirada con un cierto matiz melancólico, producto de la dura vida que te tocó vivir, llena de penas, miserias, rudo trabajo, tristezas…

¡Como olvidar tus silencios! Preferías no decir nada, guardando tus opiniones, antes que tomar parte en una absurda discusión en la que, de vez en cuando tus hijos se veían inmersos. Nunca dabas la razón a uno para quitársela a otro. Nunca hablabas por no pecar. ¿pecar tu? ¡imposible!

¡Como olvidar las veces que me defendías cuando me ponía a llorar y a patalear, presa por una rabieta infantil, hasta que me salía con la mía y tu hija me regañaba. –No la regañes mujer, no la regañes, que solo es una cría- Solías decir tu en mi defensa. Abuelo, hoy te confieso que era una niña pero no era tonta y sabía que si me tiraba al suelo y me ponía a patalear delante de ti, te ablandaba el corazón y al final, me salía con la mía.

¡Como olvidar cuando me regalaste el triciclo! Tus hijos nos regañaban a tu otro nieto y a mí porque nos poníamos hacer carreras en el portal de la casa del pueblo.

¡Como olvidar cuando me abrazaba a tu cuello, te colmaba de besos y te decía que te quería mucho! Como no querer a un ser tan bueno que no dudaba en desprenderse de lo suyo para dárselo a quién le hiciese falta.

¡Como olvidar cuando nos colábamos en la cocina para pedirte un vasito de jiriguay! El lograr abrir aquellas botellas marca la Torancesa, para unos niños de tan solo seis añitos, era todo un mundo. ¡Madre mía lo que nos costaba! Pero merecía la pena con tal de beber un vasito de jiriguay del abuelo. Hoy las botellas se abren con más facilidad pero el jiriguay ya no sabe igual que entonces.

¡Como olvidar tu plato preferido! ¡El pollo en pepitoria! ¡Que bien lo cocinabas, con tu toque especial de nuez moscada!

¡Como olvidar las veces que te quitábamos la cachaba y jugábamos con ella! Raro es que en una de esas ocasiones no te la llegásemos a romper.

¡Como olvidar cuando te enfadabas, dejándonos por imposible, cuando te quitábamos la boina de tu cabeza! En puro verano y la boina no se despegaba de ti ni un solo momento, ¡algo increíble pero cierto!. Recuerdo las noches, que estando en la terraza de la casa del tío, tomando la fresca, te quitaba la boina después de haber estado alegrando al personal contando un par de chistes y la pasaba para que me diesen dinero que después terminábamos gastándonoslo mi primo y yo en chucherias.

¡Como olvidar la primera y la única vez que te vi llorar! Fue cuando recibiste una carta. La artífice de ella, abuelo, no es persona que merezca la pena y mucho menos que tu derramases tan solo una lágrima por causa suya. Tu no te merecías el disgusto que te llevaste. Tu no tenías culpa ninguna.

¡Como olvidar cuando mi madre te regañaba porque te había pillado fumando una vez más! Ay abuelo, abuelo, que tu hija el olfato lo tiene muy desarrollado. Nunca lograste engañarla, ni siquiera una sola vez, te pillaba siempre. Y es que fumabas abuelo como un carretero. Nunca pudimos quitarte ese vicio y vaya que si lo intentamos porque, desde que te pilló el carro en el pueblo, tu pierna nunca fue la misma, tu circulación sanguínea fue pésima y el tabaco, por supuesto, no colaboraba mucho en mejorarla.

¡Como olvidar lo que te gustaba Madrid aunque más te gustaba tu pueblo! Ya lo se yo abuelo, ya lo se, como la tierra que a uno le ha visto nacer, no hay nada. Yo se que, de no poder estar en el pueblo tu solo en tu casita porque tus condiciones de salud no eran ya en los últimos tiempos las más idóneas, preferías estar en Madrid antes que en Bilbao. Abuelo yo se el porqué y te entiendo. Aquí tenias tu propia habitación, tus comodidades, tu amigo el simpaticón y dicharachero del sombrero de paja, con el que hacías una pareja perfecta: a él no había quien le hiciese callar y tu callabas para que hablase él, y conocías perfectamente los bares del barrio que solías frecuentar donde te tomabas tu vasito de jiriguay. Ah! Y me tenías a mí, tu nieta pequeña y consentida.

¡Como olvidar las veces que cariñosamente me llamabas Lucero! –Ven, Lucero, ven- me solías decir.

¡Como olvidar tantas cosas, tantos recuerdos, tantos momentos de tu mano compartidos! ¡Como olvidarme de ti!

¡Cuanta paciencia tuviste conmigo abuelo! Debió de ser porque me querías mucho. Un beso abuelo, da recuerdos por allí arriba de los que aún estamos aquí abajo.



Mónica

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