30 sept. 2011

De profesión: Boxeador

De profesión: Boxeador

Sus ojos se salían como llamaradas de fuego de sus órbitas y su nariz achatada por los gajes de su oficio, delataban el orgullo de su trayectoria. Sus puños, eran su arma de artillería, que cerrados, eran la metralla con la que se presentaba a su contrincante.
Viendo donde había llegado se sentía orgulloso. El dinero, el poder, el éxito y la fama que había cosechado durante todos esos años de combate tras combate ganado, le daban seguridad y se reía recordando los consejos que de pequeño le machacaban en el colegio. “Estudia, porque si no estudias no vas a llegar a ser nadie en la vida”.
No le hacía falta ni leer ni escribir ni sumar ni restar, para eso tenía un harem de empleados que se encargaban de hacerlo por él, además de bailarle el agua. Tan sólo tenía que ocuparse de estar en forma y cuidar sus puños para seguir triunfando en el rin.
También tenía a sus padres, dos personas humildes y trabajadores, que le hacían estar siempre con los pies en la tierra y no le dejaban fantasear más de lo necesario. No estaban orgullosos de que hubiese colgado tan pronto los libros para calzarse los guantes de boxeo, pero siempre fue su sueño, y al menos, gracias a eso, podía obtener con facilidad lo que ellos tanto tuvieron que sudar. El dinero no da la felicidad, pero al menos les permitía no pasar penurias y vivir muy cómodamente.
Era el número uno y una bestia sin miramientos cuando se subía al cuadrilátero, pero, sin embargo, era un joven tranquilo y con buen fondo, cuando dejaba en la taquilla del vestuario los guantes.
Si algo tenía claro, es que debía de ahorrar porque, la vida de un boxeador es muy corta. Se lo habían metido en la cabeza y todos los que le rodeaban se lo repetían constantemente.
Además de gustarle el boxeo, era un amante de todos los deportes en general, sobre todo del futbol. Era un forofo del Real Madrid, su equipo. Iba al Bernabeu cada vez que tenía oportunidad de hacerlo.
Aquella noche era el gran partido. Un clásico imperdonable de perder. Real Madrid-Barça. Había quedado con sus colegas para ir al ver el partido en la grada y gritar como los grandes aficionados que eran.
Su madre, como cualquier madre que se preocupa por un hijo, le pidió que tuviese cuidado. Él, se despidió dándole un beso en la frente, se atavió de su bufanda madridista y de su gorra y se fue al parque donde había quedado con los amigos para ir todos juntos al Bernabeu.
El estadio estaba a rebosar. No cabía ni un alfiler. La gente estaba pletórica. Multitud de policías rodeaban el estadio para que no se produjese ningún accidente entre los aficionados de uno y otro equipo.
La gente gritaba. El Madrid iba ganando como no podía ser de otro modo y los culés iban tragándose el polvo de los galácticos.
Terminó el partido, 6 – 0. Ahora tocaba celebrarlo, como la ocasión lo merecía, por todos los garitos de la Castellana que en la noche les diesen tiempo a visitar.
La grada cantaba contentos de felicidad. ¡¡Hala Madrid, hala Madrid!! Los culés se iban del campo avergonzados y, como de costumbre, sin la humildad de asumir una nueva derrota en el mejor estadio de futbol del mundo.
¡¡ Hala Madrid, hala Madrid !! seguían gritando echándole un pulso a sus gargantas.
Los policías, impedían que culés y madridistas abandonasen el campo a la vez, por temor a posibles altercados.
Sus amigos y él no eran personas conflictivas ni violentas, por lo tanto, huían de todos las posibles aglomeraciones que pudiesen terminar en peleas.
Entraron en un garito, el primero que encontraron de camino, se tomaron un par de birras, se echaron unas risas y se fueron al siguiente local. En la puerta, sin llegar a entrar, un grupo de culés que aparecieron de repente, se dirigieron a ellos con tono y gestos agresivos. Él dio un paso adelante:
- Ey amigos, tranquilos que el partido ya ha terminado y no queremos ganas de bronca. Venga, vamos a entrad todos que os invitamos nosotros a unas birras.
Ellos se pusieron chulitos. Su agresividad era notoria y sus ganas de trifulca se olía desde lejos.
- ¡Nosotros no bebemos con unos putos madridistas de mierda.!
- Bueno… nosotros si vamos a tomarnos unas cervezas.. contestó, dando por su parte finalizada la conversación y haciendo el amago de entrar en el local.
Rápidamente dos culés se lo impidieron y le cortaron el paso poniéndose delante de la puerta. Los vigilantes del local, intercedieron en la discusión, diciéndoles a los culés que si querían pelea que se fuesen a otro lugar.
- ¡Cua, coooo co co cua!- imitando el sonido e interpretando de modo burlón a una gallina, los culés continuaron molestándoles, mientras los madridistas estaban callados, sin entrar al trapo ante semejantes provocaciones.
Los vigilantes volvieron a actuar.
- ¡Largaros inmediatamente de aquí o llamamos a la policía!
- Venga, vamos chicos a entrar.- dijo él a sus amigos, ignorando a los culés.
- ¡Tú no vas a ninguna parte!- le increpó uno de ellos, intentándole pegar un golpe.
Él lo esquivó pidiéndole que le dejase tranquilo. Sabía que si quisiera, le podría mandar derecho al hospital pero en ese momento no era el número uno del boxeo sino un joven más que acababa de disfrutar de la victoria de su equipo y que tan sólo quería pasar unas horas de risas con sus amigos. Siempre supo y quiso que el boxeo fuese su profesión y su medio de vida, pero nada más.
En milésimas de segundos, todos los culés se echaron contra él y contra el resto. A él no le dio tiempo casi ni a reaccionar. Un navajazo le atravesó el pecho. Agonizando, de camino en la camilla de la ambulancia, recordó a los médicos que le atendían que la vida de un boxeador acababa siempre demasiado pronto.