26 feb. 2011

Profesional sanguinario.


















Tumbado en la cama con sus brazos cruzados tras su nuca, observaba con atención las cuatro paredes de la habitación mientras pensaba en su último encargo.




Siempre fue consciente que en su trabajo había que mantener la mente fría a cada instante y nunca fue de otro modo. Conocía muy bien la primera norma de su profesión y no hubo ni el más mínimo ápice de duda al respecto.




No podía dejarse llevar por emociones ni sentimentalismos baratos, o de lo contrario, lo tendría jodido. Jamás había tenido ningún problema, pero aquella ocasión era diferente.




Esa mujer, tremenda mujer, había hecho tambalear los cimientos de su carrera hasta hacerle dudar si seguir por el mismo camino o dar un giro completo a su vida sin temblarle el pulso ni echar la vista atrás. Le atormentaba el poder que ejercía sobre él que era sublime, de eso estaba seguro.




Estaba embrujado irremediablemente. Bella, irresistiblemente bella. De piel nívea y mirada melancólica y triste, le había impactado hasta el punto de verse en una dificultosa tesitura, o cumplir con su trabajo o dejarse llevar por los deseos del corazón.




Encendió un cigarrillo y soltando su primera bocanada de humo, dejó volar sus dudas que le inducían a poner en orden sus pensamientos. No era fácil. Resultaba arduo labor la misión encomendada y difícil era el asimilar, como un hombre como el, que conocía bien lo que significaba estar al límite y vivía a cada instante sintiendo el agrio sabor de la muerte aprisionando sus agallas, sentía miedo por primera vez.




- No se puede mezclar los negocios con el placer- pensaba mientras se convencía de que siempre hay una excepción, o una ocasión, que rompe la regla. Se atormentaba con la situación que ya vaticinaba que no le fuese a llevar a buen puerto.




No sabía si maldecir su mala suerte por haber aceptado aquel encargo que a primera vista carecía de complicaciones, o por el contrario, bendecir su gracia por haberse cruzado aquella mujer en su vida. Tremendo dilema, complicada decisión.




Echó mano a su compañera de batallas. Una fría, dura, potente y sin escrúpulos automática Colt 45. La única figura femenina que hasta entonces le había acompañado en su larga andadura y a la que, de entablar una nueva etapa con la mujer de quién se había enamorado, debería de abandonar muy a su pesar. En la vida de un hombre es inviable la presencia de dos figuras femeninas. La acariciaba entre sus brazos buscando así una respuesta o un consejo por parte de ella. Intentaba poner en una balanza las caricias a su arma con la suave y tersa piel de su amada, para saber por cual debía de inclinarse.




Al cabo de un raro, apartó a un lado el arma, dejándola en el lado izquierdo de la cama, y se levantó. Cogió su cazadora, metió la mano en el bolsillo interior y sacó su sobre. Le abrió y echo un vistazo a los billetes que contenían como pago adelantado por el trabajo que se le habían asignado. Tenía la decisión tomada. Siempre le había gustado mucho el dinero y era muy leal así mismo. Si no mataba no cobraba.




Llamó al móvil de su cliente y se citó con él.




- Misión cumplida. Su mujer esta muerta.


- Bien, espero que tomases las medidas oportunas y nadie te viese. No me gustaría que te relacionasen conmigo.


- No se preocupe. Nadie me vio. Cuando yo la vi ella ya estaba muerta.


- ¿Cómo?


- Si. Ella ya estaba muerta. Yo no tuve que hacer nada.


- ¿muerta, y quién la mató? Mi ex era buena mujer. Para mi me suponía una carga económica pero era una buena mujer. No entiendo quién pudo desear su muerte, no lo entiendo pero tampoco me preocupa. Yo lo que quería era quitármela de encima.


- Usted, usted la mató.


- ¡¡¿yo, pero que coño estás diciendo?!!


- Si usted, usted la mató en vida y le digo más, hasta el día de hoy yo he sido conocido por ser un profesional con mucho prestigio, nunca he dejado un trabajo a medias, me gusta ganarme el sueldo que me pagan. No me gusta que nadie me regale nada. Usted me encargó matar y eso voy hacer.




Sacó la pistola del bolsillo interior de su cazadora y sin pensárselo ni una milésima de segundo, descargó el cargador en el pecho de su cliente.