19 mar. 2010

Nunca más


Le temía, jamás hubiese pensado, que le pudiese llegar a temer de aquel modo enfermizo y ese mismo temor, le condujo al odio; le odiaba, un odio feroz e indomable que la concomía, hasta el punto de obsesionarse, sin tregua, por escapar.


Quería escapar de las garras de su verdugo, pensaba en ello, mientras, llorando, tenía puesta su mirada en la colección de partes de lesiones que coleccionaba y guardaba en el cajón de su mesilla de noche y que, en ese momento, tenía en su mano derecha, mientras, con la otra, se atusaba, con templanza, su largo y rizado cabello cobrizo.


Él siempre, intentaba y prometía enmendar sus acciones, colmándola de regalos pero, esta vez, sería diferente. Su instinto femenino, no dudó en vociferar lo que, con probabilidad ocurriría, si no rompía con sus miedos, sin miramientos, ante ese visualizado más que algoritmo repetitivo y macabro al que su verdugo la tenía sometida, y ella, sumisa y metida en su papel de lleno y más que aceptado, de mártir, tenía que padecer.


El escorzo de su miedo, sin embargo, le condujo hacía la puerta de su casa, donde, durante unos segundos, esperó, pensativa pero, después, no dudó en no echar la vista atrás y salio a la calle, en medio de la noche, sin rumbo fijo y en zapatillas y con la bata puesta, pero segura, muy segura de sí misma, porque sabía que estaba en el camino correcto hacía el encuentro de su dignidad perdida.