23 jul. 2009

Carta a un hijo de puta

Querido hijo de puta:

¿Cómo estás? No es necesario que me contestes porque no me interesa, es solo una pregunta de cortesía, para romper el hielo más que nada y para seguir el protocolo que dicta una carta.

No voy a perder mucho tiempo en esto porque tu no lo mereces ¿o acaso creías que si? Pues no, no te confundas, esta no es una carta amistosa ni de reconciliación pero tampoco es una carta bomba ¡que más quisiera yo que fuese así y poder ver tu miserable cuerpo convertido en pedacitos y que pareciese un accidente! Ya sabes, todos llevamos un criminal dentro, y después de conocerte a ti, el mío, floreció notablemente.

Hoy supe que sufriste un grave accidente de tráfico y cuando yo me enteré, pegué un impresionante salto de alegría y haciendo un corte de manga que me salió del alma grité ¡JÓ-DE-TE! Quizás para alguien, eso le pudiera parecer un gesto inhumanitario espantoso pero para mí, no es más que una muestra de sinceridad para lo mínimo que se merece una asquerosa rata de cloaca como eres tú.

Se que estás entre la vida y la muerte y deseo con todas mis fuerzas que te recuperes, sí, como lo has leído, deseo que te recuperes y que te queden secuelas de por vida que hagan del resto de tus días una agonía constante y con la mayor de las suertes, si eso ocurriese, ten por seguro que no pagarías ni una cuarta parte del daño que me hiciste, hijo de puta.

¿Notas un cierto tono de rencor en mis palabras? Pues te equivocas, no es rencor, es odio, es un odio desmesurado y una sed de venganza el que me has engendrado que, de la persona que era, hoy por hoy no queda nada. Se que todo este sentimiento de ira del que soy esclava por tu culpa y del que me alimento día a día me llevará directamente al infierno después de mi muerte pero, bien merecerá la pena quemarme entre sus llamas, si así logro arrastrarte en ello a ti.

Tu último perdón, fue improcedente porque cuando te hacen daño tantas veces, sucede que uno se convierte en un caparazón tan sumamente grande, fuerte e irrompible que, la palabra perdón, deja de tener valor y la fuerza suficiente para atravesar ese caparazón y dar al corazón malogrado de la persona agraviada.

Seguiré muy atenta de tu evolución, que espero que sea lenta y muy dolorosa.