22 may. 2010

¿Existe Dios?




A veces dudo de la existencia de Dios y de que sea cierto que su generosidad sea infinita y me revelo, simulo un pataleo sin sentido y del que lo único que consigo es un desgaste de mis escasas fuerzas, ante hechos como el que hoy, ha sucedido.


Es que no entiendo, de verdad que no entiendo y por más que busco una respuesta mi coeficiente de inteligencia tiene que ser tan escaso que no logro buscarle explicación. Si Dios nos da la vida ¿por qué hay a quién se la quita tan pronto?


Rubén tenía sólo siete añitos de los cuales, tres de ellos se los ha pasado yendo y viniendo al hospital en una lucha constante porque el “bichito” que vivía en su “tripita” se fuese para siempre y le dejase de hacerle tanta “pupa”. Así era como él me lo explicaba a mí, cuándo con tan sólo cuatro años me contaba que hacía allí y desde la perspectiva de un niño que, en realidad, no entiende por qué no puede hacer lo que otros niños de su edad hacen y tiene que adaptarse a las circunstancias que, para él, se han convertido tan habituales.


-¡Hay que sacudirlo antes! _le reclamaba a una estudiante de enfermería en prácticas que le intentaba colocarle el termómetro debajo de su bracito ante la mirada de la joven que se sorprendía al descubrir, como un niño sabía más que ella misma.


- Tienes que comer, cariño _le repetía yo en cada ocasión que le visitaba.


- Es que la comida del hospital está malísima.


- Cuando salgas te voy a invitar a comer una pizza grandísima.


- Siempre me dices lo mismo. _Me decía con su rostro visiblemente entristecido_ Si me muero ¿me echarás de menos?


- Gusi, _ Con ese apelativo, le solía llamar yo cariñosamente porque cuando le conocí, no se despegaba de su muñeco y fiel amigo Gusiluz._ eso no va a suceder ¿de acuerdo? Eso no va a suceder por nada del mundo.


Rara vez se ponía triste y no sería porque no tuviese motivos de peso para ello, pero cuando lo hacía, a mí se me colmaba el pecho de una extraña sensación helada y mi voz se entorpecía a la salida de mi boca desquebrajando el alma en minúsculos pedazos.


En una de las últimas ocasiones, a la salida del turno de Juanjo, uno de los enfermos, y en el trayecto de camino a mi casa en el que se brindó gentilmente a llevarme, me dijo que no le ofreciese falsas esperanzas a Rubén porque los médicos, no contaban con ellas y así se lo habían manifestado a sus padres en la última reunión con ellos.


- ¡¿Qué quieres que haga, que le diga que cuenta con todas las papeletas de que se muera, eso quieres?! Parece mentira que estéis trabajando con enfermos y sin embargo, no demostráis tener corazón y contéis con la sensibilidad en el culo. Hacéis las cosas solo para hacer daño ¿por qué le decís eso a sus padres? Si lo que me estás queriendo decir es que no debo de venir más a verle pues déjalo porque voy a venir cada vez que pueda le guste o le deje de gusta a quién sea.


- Eres testadura y en eso radica tu belleza, no digas cosas que yo no he dicho y que solo están en tu cabeza. Yo encantado de que vengas y que a ser posible, coincida con mi turno pero no ha sido lo que te he dicho. Haces siempre lo que quieres y no atiendes a razones. Y no puedes colarte siempre por las escaleras de emergencia, el hospital tiene unas normas y unas horas de visita para todo el mundo. No puedes hacer lo que te de la gana.


- Conozco este hospital como la palma de mi mano y si yo no cumplo con las horas de visita, te puedo decir muchas normas que os saltáis a la torera los mismos empleados.


- No estás siendo razonable. Yo no puedo taparte como he hecho esta misma noche, ante el médico de guardia, porque estás fuera de las horas de visita. No te debería de haber permitido estar y sin embargo has estado el tiempo que te ha dado la gana.


- Mira Juanjo haz lo que veas conveniente y si tienes que llamar a los guardias de seguridad para que me echen a patadas, hazlo, pero yo voy a seguir colándome por las escaleras de emergencia. - Si no soy yo, será otro, pero nos veremos obligados a avisar.


- Pues hazlo ¿por qué no lo haces? ¡ya estás tardando! Haberlo hecho hoy que igual para mañana ya es tarde.


- Si la situación se sigue repitiendo, nos veremos obligados, entiéndelo.


- Si en vez de ser yo, fuese otra persona, no verías mal que hiciese lo mismo que hago yo ¿verdad?


- No, no es cierto y lo sabes.


- Si, si lo es.


- ¡No entiendes o no quieres entender! Yo soy empleado y tengo unas obligaciones, si hago la vista gorda contigo, otro día vendrá otra persona que hará lo mismo y tendré que volver hacer también, con ella, la vista gorda.


Mi carácter, a veces impulsivo otras fuerte y en otras ocasiones una mezcla de ambas, me estaba haciendo inevitablemente perder la razón y me di cuenta que mi cabezonería me estaba impidiendo ver la realidad y sensatez de sus palabras.


- Perdón. Creo que me he calentado y me estaba poniendo demasiado borde y lo estaba empezando a pagar contigo. Perdóname, se que tu no tienes la culpa, quizás es la situación que me supera. ¿me perdonas Juanjo?


- Cielo, no tengo nada que perdonarte, entiendo los momentos de angustia por los que estás pasando. Yo se el amor que le procesas a Rubén pero no quiero que sufras Pero a ti, si te pilla un vigilante colándote, lo máximo que puede pasarte es que te impida el paso pero si la directora de planta, descubre que te permitimos pasar fuera de horario, nos puede caer un buen rapapolvos y hasta nos podría abrir un expediente disciplinario.


Aparcó el coche a la puerta de la casa de mis padres pero le miré y le dije que ya no vivía allí, así que le indiqué mi residencia actual. Le guié por el camino y esperé a que terminase la canción de Melendi que estaba sonando.


El, me acarició el rostro en forma de consuelo mientras yo, pensaba inevitablemente en Rubén.


Finalizada la canción, abrí la puerta, le di dos besos y me despedí de él.


- ¿No me vas a invitar a subir y nos tomamos unas cervezas?


- No, que no tengo cervezas, yo no bebo y además es tarde. Mejor otro día si quieres te invito a un café.


Se rió con una risa de esas típicas picaronas que se sobre entiende un mensaje subliminal que, la verdad, desconocía el porqué, pero tampoco me interesaba en ese momento ponerme a descifrarlo.


Estoy convencida de que me faltan muchos datos, incógnitas paciencia y sabiduría para entender las amarguras de esta absurda vida.


¡Ay Dios mío, ay Dios mío! Clamaba la tía de Rubén para informarme del fatal desenlace. Recordé las “hermosas” palabras que, hace un tiempo, alguien me dedicó: Espero que Dios te de todo lo que le pidas pero que te lo de al revés.


He tenido que ser hasta el momento una persona peor de lo que yo creía porque estoy cansada de esa puta enfermedad que me persigue como si fuese mi sombra y se ha convertido en mi pesadilla, mi castigo y mi obsesión.

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