23 oct. 2008

Las lágrimas de mi madre

Jamás antes había visto a mi madre, en un estado tan lamentable, como la ví ayer: derrotada, hundida, abatida ante la tristeza e inmersa en un llanto incesante, a las puertas del hospital.
Sus lloros eran tal, que lograban dificultarle la respiración y sus palabras se aturullaban en su garganta complicando nuestra conversación y despertando así en mí, un desagradable estado de impotencia, transformando mi alma en mil añicos irrecomponibles.
Mi hermano acababa de fallecer, con tan sólo 19 años y después de haber pasado dos días del accidente de tráfico, que le mantuvo entubado en la uvi y sin apenas poder recibir nuestras visitas porque eran controladas, pocas y restringidas.
Los médicos, pocas horas después de haber ingresado por urgencias, nos advirtieron de la gravedad del accidente, tanto así, que, en el mejor de los casos, podría quedar en estado vegetativo de por vida.
_Mama, no llores_ recuerdo que la dije. _ Los médicos son unos listos, siempre se ponen en el peor de los casos para protegerse las espaldas y evitarse las posibles denuncias, que sus negligencias les puedan acarrear, pero el “Tato” saldrá de esta, mamá, no volverá a coger la moto, de eso ya me encargo yo, pero saldrá de esta_
Aquellas largas cuarenta y ocho horas en el hospital se convirtieron para mí, casi en el detonante de una locura transitoria que podría haber desembocado en una pérdida de la razón de por vida.
Me sentía prisionera de una película, donde mi única esperanza es que diesen las luces de la sala del cine donde me hallaba, poderme levantarme de la butaca, dirigirme a la puerta de salida volviendo a la vida que teníamos antes, del infortunado accidente.
Pasaba las horas recorriendo los pasillos, de un lado a otro, mientras mi cabeza sacudía ideas a borbotones sin sentido alguno. Pensamientos indescriptibles, fruto de las circunstancias extremas que estábamos viviendo.
¿Por qué serán verdes las paredes de los hospitales? Me preguntaba. Tal vez porque el verde es el color de la esperanza y en momentos así, la esperanza es lo único que nos mantiene en el terreno de la cordura que se encuentra separado por una vaya de red de alambre frágil, de la locura.
¿Cómo sigue mi hermano? Preguntaba cada vez que veía a un médico entrar o salir de la habitación para verle. Ni se las veces que pude llegar a repetir esa pregunta, convirtiéndose casi en una expresión afín a mí.
Cuando salía a la calle, a encenderme un cigarrillo para aplacar mi estado de comprensible intranquilidad, cruzaba los pasillos, con la cabeza agachada evitando mirar al resto de los enfermos que como mi hermano, estaban allí, quizás, para no empatizar con ellos.
En una de las escapadas de la puerta que me separaba a mi hermano, bajé a la planta primera donde estaba la capilla y sentí una indefinible atracción que me obligó a entrar allí. Yo, soy católica, más por imposición familiar que por pura e innata devoción, pero no soy practicante, de hecho, intenté recordar la última vez que pisé una iglesia y fui incapaz, pero aquella tarde entré en la capilla que estaba vacía, sin dudarlo, quizás empujada por la mítica llamada de Dios o por la necesidad de agarrarme a un último recurso para salvar la vida de mi hermano.
Me senté en el penúltimo banco cercano a la puerta y con las manos en cruz recordé la única oración que me sé y que vino a mi memoria. Intenté hablar con Dios y explicarle lo que en ese momento quería de él. Rompí a llorar, como una niña indefensa, temerosa y mi cuerpo, sumido en un repentino aire helado que me invadió, empezó a temblar, como respuesta al estímulo de mi miedo. Hasta ese momento no había exteriorizado mis sentimientos, tenía que ejercer mi papel de cabeza de familia que la vida me había asignado ante la ausencia de mi padre y mantenerme fuerte y completa, para poder sobrellevar la situación y apoyar a mi madre en ese amargo trago que el destino nos había deparado.
De repente, la mano de una mujer mayor, vestida por completo de negro, en mi hombro izquierdo, me sobresaltó haciéndome regresar del mundo místico donde, con el pensamiento, me había ido, olvidándome durante ese tiempo de la cruda realidad a la que nos estábamos enfrentando.
- ¿Te encuentras bien, joven? Tienes algún familiar aquí ¿verdad?
- Si, señora, mi hermano está en la uvi, entre la vida y la muerte.
- Lo siento mucho, hija. Mi marido tiene una enfermedad terminal, voy a ver si el cura puede darle la extremaunción cuanto antes. Hija, no llores, que se te van a estropear esos ojos castaños tan bonitos que tienes. No olvides que los designios de Dios son indiscutibles.
- ¡¡¿ Los designios de Dios?!! ¡¡ Mi hermano tiene solo 19 años, malditos designios !!
Me quedé paralizada ante la barbaridad tan grande que acababa de soltar en la casa de Dios y ante la mirada estupefacta de la buena mujer. Mi reacción fue salir corriendo de allí, con el único destino marcado por mis pies. A medida que iba aumentando mi velocidad mi llanto, paralelamente iba creciendo hasta que, exhausta terminé parando de seco por el cansancio de mis pies y el llanto que me estaba ahogando.
¡¿Por qué, por qué a nosotros por que?! Aún no se había cumplido un año del abandono de nuestro padre dejándonos prácticamente en la ruina cuando la vida nos enfrentaba a una nueva y dura prueba.
Con mi cuerpo encorvado hacía adelante, y apoyando mis manos en mis muslos intentaba recuperar cuanto antes el aliento, para volver de nuevo al hospital, donde había dejado a mi madre sola.
Regresé a paso lento, haciendo tiempo para recuperar la compostura. Por nada del mundo podía permitir que mi madre fuese consciente de mi flaqueza, complicaría más la situación, porque aumentaría más su preocupación y estado de nervios y evidentemente, no era el momento preciso para ello.
Al subir a la planta 10ª, la de medicina interna, donde está la uvi, encontré en el pasillo, al salir del ascensor, a mi tía y su marido. Les saludé y me incorporé a la conversación más por educación que por ganas de mantener conversaciones absurdas.
- Pues como le estaba diciendo a tu madre, os tenéis que ir haciendo a la idea de que, en cualquier momento os avisan de que Jorge ha fallecido. Deberíais estar ya preparando los papeles de la funeraria.
- Mi hermano está grave, pero está vivo. (Contesté en un tono notablemente enfadada)
- ¡Ya no eres una niña para darte cuenta de la gravedad del asunto, de un momento a otro os van a avisar del fallecimiento y tenéis que estar preparadas. Jorge no está ingresado porque se haya roto una pierna, Jorge está entre la vida y la muerte y no os debe de pillar de susto el desenlace!
- Mi hermano está vivo y punto, y es en lo único que ahora mismo tenemos que pensar, no creo que sea conveniente precipitarnos adelantando acontecimientos.
- ¡¡Eres cabezota, muy cabezota y terca, no me extraña que mi hermano explotase y optase por irse de casa, con personas como tu y tu madre, no se puede razonar!!
- ¡¡¡Tu querido hermano nos abandonó porque se fue con otra mujer, porque es un sin vergüenza y no nos dejó más que deudas, y para mí, tu hermano dejó de ser mi padre el día que nos hizo eso, es más, está muerto, como lo estás en este preciso momento tu. No quiero volverte a ver en mi vida, vete de aquí y no vuelvas!!!
Se fueron enfadados y nosotras, aprovechamos para entrar en la sala de estar, que por las horas que eran ya, estaba vacía e intentamos tumbarnos entre los asientos con el único propósito de descansar un poco, hasta que de repente, una auxiliar vino a avisarnos para que fuésemos al control de enfermeras donde nos estaba esperando un médico porque el estado de salud de mi hermano, había empeorado. Lo cierto era que ya había fallecido y según el protocolo del hospital, solo es el médico del enfermo quién se tiene que encargar de comunicárselo a sus familiares.
Dentro de dos escasas horas, iremos al cementerio de Fuencarral, a pocos metros de Madrid, a dar el último adiós a mi hermano.
La vida, a veces, es una gran putada, y quién diga lo contrario, una de dos, o es iluso optimista o nunca se ha enfrentado a una desgracia de tal calibre que le haya desgarrado el alma y quebrantado el corazón.

1 comentario:

Dante dijo...

Y alguna vez ibas a tener que retomar el blog. En buena hora. Felicitaciones por hacerlo. Un beso.