17 abr. 2011

Los ojos más bonitos del universo





Los ojos más bonitos del universo.

Hace ya unos años que se fue, sin embargo, le siento tan cerca de mí que pareciese que hubiese estado con él hace tan sólo unos escasos segundos. Desayunando juntos sin ir más lejos en esta mañana de Domingo y pensando en ello, escucho su voz repitiéndome que el desayuno es la comida más importante del día.


Por eso, aunque parezca lo mismo, yo extraño su presencia pero no su ausencia, porque la ausencia no existe si sigo sintiendo su esencia, y esta, sigue a mi lado y permanecerá a mi vera hasta el día que me vaya de este mundo y en el que me encontraré de nuevo con el, y recuperaré los buenos ratos vividos con su presencia.


Se que es difícil de entender, pero no me da vergüenza admitir, que cuando estoy triste, me tumbo en la cama, cierro lo ojos y le veo, con sus ojos verdes e inmensos. Los ojos más bonitos del universo, como el siempre decía.


Recordarle me da alegría pero al mismo tiempo me entristece porque le extraño, le extraño mucho y le quiero más allá del infinito, tanto que resulta muy difícil decir con palabras lo que siento y transcribir esa marambuda de emociones que albergan en mi interior y que se quedaron allí, agazapadas, esperando el día que le pueda volver abrazar de nuevo.


Me gusta recordarle. Me encanta recordarle. Disfruto haciéndolo a pesar de que también me duele, pero aún así, me gusta cerrar los ojos y compartir con el mis cosas. Me gusta creer que el, desde donde quiera que esté, me aconseja y me guia por el buen camino. Me gusta pensar que junto a mi abuelito, el es mi angel de la guarda y que tal como hizo en vida, nos cuida y nos protege a todos, no sólo a mí, sino a todos. Me gusta pensar que es así porque se, que en cierto modo, así es. Ya lo hizo en vida y hay cosas que ni la misma muerte puede cambiar.


Aunque por la lejanía, no compartí muchos momentos de mi vida con él, los pocos que compartí, fueron inigualables e imborrables para mi memoria, y por lo tanto valen oro. A veces no es el tiempo que se comparte sino la calidad de este y aquellos momentos para mí, no tienen precio, por eso son los más bonitos de toda mi vida.


Recuerdo su ternura y todo el cariño que en vida me entregó. Lo recuerdo y lo siento, lo siento intensamente, tanto que no puedo evitar que mis ojos se encharquen de lágrimas al recordarle. Es inevitable que así sea.


Durante mucho tiempo maldije aquella maldita operación que me le arrebató para siempre, luego, con el paso de los años, aprendí que la operación no fue más que una excusa. El se hubiese ido igualmente. Estaba de Dios.


No fue justo, nunca lo es. Para nadie le puede parecer justo el perder a un ser querido. Como alguien me enseñó, el ser humano sabe que algún día va a morir, pero pese a eso, nos aferramos a la vida como a un clavo ardiendo y aunque terminemos resignándonos ante lo inevitable, nunca lo entendemos del todo ni mucho menos lo aceptamos. Supongo que forma parte de unas de las imperfecciones con las que cuenta el ser humano. Al fin y al cabo, somos algo más que carne y huesos. Tenemos sentimientos y nos movemos por emociones y gracias a Dios que así es, de lo contrario, seríamos máquinas y creo que no era esa la intención de nuestra creación.


Recuerdo cuando nos juntábamos todos alrededor de la mesa a comer las chuletitas de cordero que previamente el había asado en el asador, ese que también, el había construido con sus propias manos. Recuerdo su cara de satisfación. Él era feliz viéndonos a todos felices. Juntos y felices. Él era muy familiar y eran esos momentos en los que él se sentía feliz. Hay momentos tan bonitos que no se compran con dinero y valen tanto que no tienen precio. Recuerdo su rostro, radiante, como si le estuviese viendo ahora mismo.


El día que se fue y durante varios días siguientes, el teléfono de mi casa no hacía más que sonar. Si eso sucedía en mi casa, no me quiero imaginar lo que fue en la suya. La llamada que más me impresionó fue la de un amigo que me dijo que le hubiese gustado acompañarle en su último viaje al pueblo. Su pueblo, el que le vio nacer y al que iba cada vez que el trabajo se lo permitia.


Fue generoso hasta el fin de sus días. Me dejó el legado más hermoso que alguien puede dejar en esta vida. Tres personas a las que amo inmensamente, además de sus lecciones, su recuerdo, su cariño y su amor.



Con todo mi amor para los ojos más bonitos del universo.

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