8 ene 2012

Año 2012

Buenos días.


Hace ya unos días ha comenzado el nuevo año y yo aún no he hecho mi lista de propósitos para el. Muchos, son los mismos que todos los años y que ningún año logro cumplir, otros son nuevos y con vistas a próximos años. De cualquier modo, aunque andan revoloteando en mi cabeza, aún no me he sentado a ordenarlos y plasmarlos en papel.


A veces cometo la torpeza de confundir los propósitos para el año con los sueños convertidos en realidad para mi vida, quizás es que ambos van de la mano.


Hoy tampoco voy a redactar esa lista porque antes tengo que pensar en ella. No se tarda unos minutos como mucha gente bien pudiera pensar. Hay que pensarlos y ordenarlos. De cualquier modo, los iré apuntando en una hoja y poco a poco, iré efectuando esa lista, que luego, compartiré en este blog.


Hoy me apetecía pasarme por mi blog, el cual es cierto que tengo un poco abandonado.


También quería dejar el enlace de un blog que quiero ir poco a poco leyendo.





Por último sólo me queda desear a todo el mundo un feliz 2012.


Besos.

3 dic 2011

Llamirada



Llamirada



He visto a la hambruna cegarse con el más débil
he visto miseria ocultada bajo ella misma
he recorrido llanuras, montes,...
atravesado lagunas y ríos.



He llorado mares de lágrimas
y he desgranado una a una sus gotas
con la fricción de mis dientes
para acrecentar la sed de mis labios.

He visto empapelar las riquezas de los soberbios
con dosis insultantes de hipocresía.
He visto más de mil cosas
que cien ojos no verían en mil vidas.


Y ninguna de ellas logró
mermar ni un ápice mi valentía
pero tus llamiradas, mi amor
me aprensionan sin pausa
buscándome entre la soledad grisácea
de mi nombre -mi verdadero nombre y mi yo-
sin dejar de sorprenderme y estremecerme
y ni me acostumbro a su ausencia
ni añoro su presencia.

Esa misma existencia
que se hace latente en cada esquina
en cada una de las paredes que me encuentro
como el graffiti que se hace hueco
escapándose de todos los demás
que permitiéronse pasar desapercibidos.

Como la llama ardiente
del azul de tu mirada
que nace de las tristes paredes abigarradas
a las que un día, olvidamos ponerle nombre.

Y me quema
cuando se encrespa
pegando fuerte contra mi pecho
acompañándome en mi lecho
tú, siempre, desentumecida llamirada.


22 oct 2011

Admito....

Admito tener mi blog muy pero muy abandonado pero cuando tenga ánimo y ganas me pondré con el. Tan sólo tengo que encarrilar mi vida, que falta le hace, organizarme y, como he dicho, tener ganas.

Aún así, a pesar de mi dejadez, también admito que le tengo cariño a este pequeño rinconcito que un buen día me dió por crearme en este mágico mundo que es internet.

Un saludo.

30 sept 2011

De profesión: Boxeador

De profesión: Boxeador

Sus ojos se salían como llamaradas de fuego de sus órbitas y su nariz achatada por los gajes de su oficio, delataban el orgullo de su trayectoria. Sus puños, eran su arma de artillería, que cerrados, eran la metralla con la que se presentaba a su contrincante.
Viendo donde había llegado se sentía orgulloso. El dinero, el poder, el éxito y la fama que había cosechado durante todos esos años de combate tras combate ganado, le daban seguridad y se reía recordando los consejos que de pequeño le machacaban en el colegio. “Estudia, porque si no estudias no vas a llegar a ser nadie en la vida”.
No le hacía falta ni leer ni escribir ni sumar ni restar, para eso tenía un harem de empleados que se encargaban de hacerlo por él, además de bailarle el agua. Tan sólo tenía que ocuparse de estar en forma y cuidar sus puños para seguir triunfando en el rin.
También tenía a sus padres, dos personas humildes y trabajadores, que le hacían estar siempre con los pies en la tierra y no le dejaban fantasear más de lo necesario. No estaban orgullosos de que hubiese colgado tan pronto los libros para calzarse los guantes de boxeo, pero siempre fue su sueño, y al menos, gracias a eso, podía obtener con facilidad lo que ellos tanto tuvieron que sudar. El dinero no da la felicidad, pero al menos les permitía no pasar penurias y vivir muy cómodamente.
Era el número uno y una bestia sin miramientos cuando se subía al cuadrilátero, pero, sin embargo, era un joven tranquilo y con buen fondo, cuando dejaba en la taquilla del vestuario los guantes.
Si algo tenía claro, es que debía de ahorrar porque, la vida de un boxeador es muy corta. Se lo habían metido en la cabeza y todos los que le rodeaban se lo repetían constantemente.
Además de gustarle el boxeo, era un amante de todos los deportes en general, sobre todo del futbol. Era un forofo del Real Madrid, su equipo. Iba al Bernabeu cada vez que tenía oportunidad de hacerlo.
Aquella noche era el gran partido. Un clásico imperdonable de perder. Real Madrid-Barça. Había quedado con sus colegas para ir al ver el partido en la grada y gritar como los grandes aficionados que eran.
Su madre, como cualquier madre que se preocupa por un hijo, le pidió que tuviese cuidado. Él, se despidió dándole un beso en la frente, se atavió de su bufanda madridista y de su gorra y se fue al parque donde había quedado con los amigos para ir todos juntos al Bernabeu.
El estadio estaba a rebosar. No cabía ni un alfiler. La gente estaba pletórica. Multitud de policías rodeaban el estadio para que no se produjese ningún accidente entre los aficionados de uno y otro equipo.
La gente gritaba. El Madrid iba ganando como no podía ser de otro modo y los culés iban tragándose el polvo de los galácticos.
Terminó el partido, 6 – 0. Ahora tocaba celebrarlo, como la ocasión lo merecía, por todos los garitos de la Castellana que en la noche les diesen tiempo a visitar.
La grada cantaba contentos de felicidad. ¡¡Hala Madrid, hala Madrid!! Los culés se iban del campo avergonzados y, como de costumbre, sin la humildad de asumir una nueva derrota en el mejor estadio de futbol del mundo.
¡¡ Hala Madrid, hala Madrid !! seguían gritando echándole un pulso a sus gargantas.
Los policías, impedían que culés y madridistas abandonasen el campo a la vez, por temor a posibles altercados.
Sus amigos y él no eran personas conflictivas ni violentas, por lo tanto, huían de todos las posibles aglomeraciones que pudiesen terminar en peleas.
Entraron en un garito, el primero que encontraron de camino, se tomaron un par de birras, se echaron unas risas y se fueron al siguiente local. En la puerta, sin llegar a entrar, un grupo de culés que aparecieron de repente, se dirigieron a ellos con tono y gestos agresivos. Él dio un paso adelante:
- Ey amigos, tranquilos que el partido ya ha terminado y no queremos ganas de bronca. Venga, vamos a entrad todos que os invitamos nosotros a unas birras.
Ellos se pusieron chulitos. Su agresividad era notoria y sus ganas de trifulca se olía desde lejos.
- ¡Nosotros no bebemos con unos putos madridistas de mierda.!
- Bueno… nosotros si vamos a tomarnos unas cervezas.. contestó, dando por su parte finalizada la conversación y haciendo el amago de entrar en el local.
Rápidamente dos culés se lo impidieron y le cortaron el paso poniéndose delante de la puerta. Los vigilantes del local, intercedieron en la discusión, diciéndoles a los culés que si querían pelea que se fuesen a otro lugar.
- ¡Cua, coooo co co cua!- imitando el sonido e interpretando de modo burlón a una gallina, los culés continuaron molestándoles, mientras los madridistas estaban callados, sin entrar al trapo ante semejantes provocaciones.
Los vigilantes volvieron a actuar.
- ¡Largaros inmediatamente de aquí o llamamos a la policía!
- Venga, vamos chicos a entrar.- dijo él a sus amigos, ignorando a los culés.
- ¡Tú no vas a ninguna parte!- le increpó uno de ellos, intentándole pegar un golpe.
Él lo esquivó pidiéndole que le dejase tranquilo. Sabía que si quisiera, le podría mandar derecho al hospital pero en ese momento no era el número uno del boxeo sino un joven más que acababa de disfrutar de la victoria de su equipo y que tan sólo quería pasar unas horas de risas con sus amigos. Siempre supo y quiso que el boxeo fuese su profesión y su medio de vida, pero nada más.
En milésimas de segundos, todos los culés se echaron contra él y contra el resto. A él no le dio tiempo casi ni a reaccionar. Un navajazo le atravesó el pecho. Agonizando, de camino en la camilla de la ambulancia, recordó a los médicos que le atendían que la vida de un boxeador acababa siempre demasiado pronto.

5 jun 2011

Tengo que decir...

.... que aunque para algunos parezca y algo insognificante a mí me ha hecho mucha ilusión el hecho de que publicasen algo mío en una revista. Por algo se empieza.

25 may 2011

Diario de un homicida

Diario de un homicida:



Me contrató sin contrato estableciendo las cláusulas verbalmente y de mutuo acuerdo. El las ponía y yo aceptaba. No de buen grado eso sí, pero por mí condición de inmigrante sin papeles me tenía que callar y tragar. Tragar, tragué mucho, en sentido metafórico y literal de la palabra. Yo siempre estuve en inferioridad de condiciones. De eso se aprovechó desde el primer momento siendo consciente los dos.

Ganaba bien, no lo niego. Muchos paisanos míos hubiesen matado por estar en mi lugar. Soy consciente de ello porque yo también maté, por eso estoy aquí, pero los motivos, aunque bien pudieran ser los mismos, nunca lo fueron del todo.

Me repugnaba su manera de ser. Cuanto más le conocía más asco me daba. En numerosas ocasiones hubiese interrumpido su homilía y en medio de esta, hubiese gritado a todos sus feligreses las prácticas repugnantes a las que él me sometía. Pero en realidad sé que eso hubiese sido inútil. Nadie me hubiese creído y menos aún sin aportar ninguna prueba. Entre un querido y respetado cura y un infeliz inmigrante, ¿quién tendría más credibilidad? Estaba claro.Además no me interesaba perder el trabajo. El dinero me era sumamente necesario tanto para mí como para mandarle a mi familia. Quizás esa era la razón más poderosa y que más fuerza tenía para que yo siguiese con la boca cerrada. Bueno, cerrada ante los demás, pero no en muchos de los encuentros privados que ambos mantuvimos. Formaba parte de mi trabajo, me decía. ¿Qué otro jardinero ganaría lo que yo por cuidar cuatro rosales del pequeño jardín que rodeaba la parroquia?. Ninguno, a nos ser que hiciese trabajos extras. Los míos eran satisfacer sus deseos sexuales. ¿quién lo diría? ¿dónde quedaron sus votos, sobre todo el de castidad?

Si algo he aprendido en esta vida es que nadie regala nada y si yo me ganaba ese sobre sueldo superior al de cualquier otro jardinero por muy bueno y muy bien remunerado que fuese, era sólo y exclusivamente gracias a esos trabajos sexuales que yo le hacía. Aunque yo lo sabía y de sobra, el se jactaba de repetírmelo en cada ocasión que se le antojaba para que, si acaso alguna vez, por culpa de mi desfachatez, se me olvidaba y me negaba a cumplir sus pretensiones, supiese en que condiciones me encontraba.

Me decía que todos los seres humanos, independientemente la condición social, el sexo y la edad, necesitábamos de ayudas externas para sobrellevar las duras situaciones del día a día. Para no estresarnos y sobre todo relajarnos. Algunos recurrían a drogas. Tomarse alguna que otra copa o fumarse un porro después de un día complicado, eran para ellos necesarios. Él, sin embargo, necesitaba relajarse de otro modo que en ninguna ocasión se le ocurrió llamarlo por su nombre real. Por eso lo que yo le hacía no lo buscaba fuera, pagando los servicios de alguna profesional. No, eso era prostitución y eso era pecado. Condenaba la prostitución por encima de todo. Curioso e insultantemente hipócrita. Para él, lo que ocurría entre nosotros dos era lo mismo que ir al fisioterapeuta para que te de un masaje. Lo mismo. Lo único que mis servicios le salían más baratos al carecer de estudios universitarios. Aquella era su manera de explicarme, siempre utilizando un tono burlón, e intentar convencerme de la inocencia de sus actos al tiempo que se justificaba ante él mismo.

Siempre ocurrió en domingo, al menos que yo recuerde. O bien antes de la misa o después. Obviamente nunca durante. Un poco de humor en medio de tanta tragedia nunca viene mal. Gracias a Dios no he perdido aún del todo el sentido del humor.

Él me avisaba y me decía si debía de ir a la sacristía dos horas antes de dar comienzo la misa o debía de esperarle después de que terminase. Le esperaba en la sacristía paralela a la principal. Era una especie de habitáculo en el que no entraba nadie. Absolutamente nadie. Tan sólo él y yo. Nadie más.

Cuando entraba allí sabía que dejaba de ser jardinero para convertirme en su esclavo. Él me hablaba ordenándome y yo callado cumplía órdenes.

Le daba morbo que fuese teniendo la sotana puesta. Le encantaba ir mandándome poco a poco cada una de las cosas que deseaba que le hiciese. En tres órdenes precisas y sincronizadas con mi respuesta tenía lugar el ritual.

-Súbeme la sotana, hijo.- Yo, callado pero sintiendo un odio indescriptible, le levantaba la sotana hasta la altura de su cintura.

- Baja la cremallera con cuidado y despacio. – Si en alguna ocasión lo hacía más rápido de lo que el quería, me lo hacía saber en un tono imperativo. Supongo que ir disfrutando el momento con la lentitud del tiempo hacía que le excitase más.

- Venga. – Esa era la tercera y última orden que el me daba, con la cuál yo ya sabía lo que tenía que hacer. Ocultaba como podía mi cabeza bajo la sotana. Sacaba el pene de su bóxer y lo introducía en mi boca.

Cuando finalizábamos, él se iba como si nada y yo me quedaba normalmente allí durante un largo rato, sintiéndome sucio y asqueado por mi mismo.

La mañana del crimen, habíamos mantenido una discusión acalorada. En uno de sus paseos matutinos por el jardín, me vio en medio de mi trabajo y me llamó la atención insultándome. En otras ocasiones me hubiese callado, pero aquella vez, quizás harto de sus continúas humillaciones, le contesté que si no le gustaba como trabajaba ya estaba tardando en buscarse otro jardinero. Él se acercó y me abofeteó. Si no hubiera llevado esa sotana que desde pequeño siempre me enseñaron a respetar, hubiese respondido gustosamente a ese bofetón, pero no lo hice y contuve como pude mi rabia.

Por la tarde me ordenó volver de nuevo porque no le había gustado como había podado uno de los rosales. Quería que lo arreglase y que además plantase uno nuevo que había mandado traer.

Aquella tarde, mientras yo intentaba trabajar, el permaneció a mi lado recordándome lo inútil que era y lo bien que se portaba conmigo por no despedirme de inmediato. Yo seguía trabajando aguantando callado sus impertinencias que agredían descaradamente mi dignidad. Cuando las ganas de comer aprietan, anteponer la dignidad es un lujo al alcance de ninguno.

Cuando finalicé mi trabajo y me disponía a recoger mis herramientas, me dijo que le había hecho estresarse más de lo habitual y que quería que le relajase allí mismo. Se apresuró a bajarse los pantalones y yo le lancé una mirada desafiante. Le dije que estaba cansado y que tenía que ir a lavarme las manos que estaban cubiertas de tierra. Me pegó entonces un bofetón. No me dolió pero sí me hizo recordar el que me había dado por la mañana. Entonces, mis ojos se nublaron y sosteniendo aún en mis manos la azada, le di con ella en la cabeza con todas mis fuerzas. Viéndole allí tirado en el suelo, sentí que había recuperado mi dignidad con cada una de las gotas de sangre que había salido de su cabeza. Jamás fue mi intención matarle pero a pesar de todo, no me arrepiento de haberlo hecho.

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Diario de un transeunte

Diario de un transeúnte



Hoy llevo un día en el que me he sentido muy fatigado y no se por qué. Mi equipaje es el mismo que días atrás. Ligero muy ligero. A veces pienso que llevo más cosas de las que realmente necesito, a pesar de que soy una persona que no le gusta apegarse a las cosas materiales. Soy bastante realista. Me gusta vivir teniendo los píes sobre el suelo y se que en esta vida me iré del mismo modo que llegué, por lo que acumular riquezas, no es más que una imitación del síndrome de Diógenes pero siendo bien visto por esta sociedad consumista y hipócrita en el que el “tanto tienes tanto vales” es la vara real con la que medir a las personas. ¡Maldito mundo frívolo que no sabe valorar las cosas realmente por su grado de importancia!.

Hoy me he sentido muy fatigado decía. Quizás por la mala alimentación. Creo que eso está haciendo mella en mi debilitado y ya no tan joven organismo. Ya no soy el joven aquel que salí de mi acomodado entorno en el que me encontraba por el status social de mi familia para convertirme en un “buscavidas” más, que ambulan por la vida, solos y sin rumbo fijo. Los años no pasan en balde y a medida que uno va cumpliendo años tiene que ir cuidándose más y mientras, debe ir improvisando la mejor manera para amoldarse a las circunstancias. Lo que en un principio no fue más que una acción rebelde y una aventura, con el tiempo llegó a convertirse en mi modo de vida. No niego que las dificultades hayan sido pocas y que la idea de volver a casa me rondase por mi cabeza en numerosas ocasiones pero si hay algo que me ha acompañado y que no ha cambiado en mí en toda mi vida es mi orgullo.

La mala vida ha ayudado a la aparición prematura de canas en mi cabello. No me importa. De todos mis males ese ha sido el de menor relevancia. También se que mi rostro está notoriamente más cambiado y tal vez más envejecido de lo propio para mi edad. Hoy un hecho me lo ha confirmado. Una señora muy elegante, ha parado su Mercedes frente a mí, se ha acercado y me ha entregado personalmente dos bolsas llena de ropa y muy gentilmente también me ha dado una tarjeta con sus datos personales, para, tal y como me ha indicado, me pueda poner en contacto con ella si en algún momento lo necesito. Me ha dicho que lo hacía porque hacía unas semanas me vio cuando pasó con el coche por esta misma calle y le recordé a su hijo al que no ve desde hacía años. Le he dado las gracias besándole la mano, como todo un caballero tal y como mi madre me enseñó y justamente al marcharse he visto que de su cuello colgaba un medallón con mi rostro gravado de cuando era aún un niño.

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