25 may. 2011

Diario de un homicida

Diario de un homicida:



Me contrató sin contrato estableciendo las cláusulas verbalmente y de mutuo acuerdo. El las ponía y yo aceptaba. No de buen grado eso sí, pero por mí condición de inmigrante sin papeles me tenía que callar y tragar. Tragar, tragué mucho, en sentido metafórico y literal de la palabra. Yo siempre estuve en inferioridad de condiciones. De eso se aprovechó desde el primer momento siendo consciente los dos.

Ganaba bien, no lo niego. Muchos paisanos míos hubiesen matado por estar en mi lugar. Soy consciente de ello porque yo también maté, por eso estoy aquí, pero los motivos, aunque bien pudieran ser los mismos, nunca lo fueron del todo.

Me repugnaba su manera de ser. Cuanto más le conocía más asco me daba. En numerosas ocasiones hubiese interrumpido su homilía y en medio de esta, hubiese gritado a todos sus feligreses las prácticas repugnantes a las que él me sometía. Pero en realidad sé que eso hubiese sido inútil. Nadie me hubiese creído y menos aún sin aportar ninguna prueba. Entre un querido y respetado cura y un infeliz inmigrante, ¿quién tendría más credibilidad? Estaba claro.Además no me interesaba perder el trabajo. El dinero me era sumamente necesario tanto para mí como para mandarle a mi familia. Quizás esa era la razón más poderosa y que más fuerza tenía para que yo siguiese con la boca cerrada. Bueno, cerrada ante los demás, pero no en muchos de los encuentros privados que ambos mantuvimos. Formaba parte de mi trabajo, me decía. ¿Qué otro jardinero ganaría lo que yo por cuidar cuatro rosales del pequeño jardín que rodeaba la parroquia?. Ninguno, a nos ser que hiciese trabajos extras. Los míos eran satisfacer sus deseos sexuales. ¿quién lo diría? ¿dónde quedaron sus votos, sobre todo el de castidad?

Si algo he aprendido en esta vida es que nadie regala nada y si yo me ganaba ese sobre sueldo superior al de cualquier otro jardinero por muy bueno y muy bien remunerado que fuese, era sólo y exclusivamente gracias a esos trabajos sexuales que yo le hacía. Aunque yo lo sabía y de sobra, el se jactaba de repetírmelo en cada ocasión que se le antojaba para que, si acaso alguna vez, por culpa de mi desfachatez, se me olvidaba y me negaba a cumplir sus pretensiones, supiese en que condiciones me encontraba.

Me decía que todos los seres humanos, independientemente la condición social, el sexo y la edad, necesitábamos de ayudas externas para sobrellevar las duras situaciones del día a día. Para no estresarnos y sobre todo relajarnos. Algunos recurrían a drogas. Tomarse alguna que otra copa o fumarse un porro después de un día complicado, eran para ellos necesarios. Él, sin embargo, necesitaba relajarse de otro modo que en ninguna ocasión se le ocurrió llamarlo por su nombre real. Por eso lo que yo le hacía no lo buscaba fuera, pagando los servicios de alguna profesional. No, eso era prostitución y eso era pecado. Condenaba la prostitución por encima de todo. Curioso e insultantemente hipócrita. Para él, lo que ocurría entre nosotros dos era lo mismo que ir al fisioterapeuta para que te de un masaje. Lo mismo. Lo único que mis servicios le salían más baratos al carecer de estudios universitarios. Aquella era su manera de explicarme, siempre utilizando un tono burlón, e intentar convencerme de la inocencia de sus actos al tiempo que se justificaba ante él mismo.

Siempre ocurrió en domingo, al menos que yo recuerde. O bien antes de la misa o después. Obviamente nunca durante. Un poco de humor en medio de tanta tragedia nunca viene mal. Gracias a Dios no he perdido aún del todo el sentido del humor.

Él me avisaba y me decía si debía de ir a la sacristía dos horas antes de dar comienzo la misa o debía de esperarle después de que terminase. Le esperaba en la sacristía paralela a la principal. Era una especie de habitáculo en el que no entraba nadie. Absolutamente nadie. Tan sólo él y yo. Nadie más.

Cuando entraba allí sabía que dejaba de ser jardinero para convertirme en su esclavo. Él me hablaba ordenándome y yo callado cumplía órdenes.

Le daba morbo que fuese teniendo la sotana puesta. Le encantaba ir mandándome poco a poco cada una de las cosas que deseaba que le hiciese. En tres órdenes precisas y sincronizadas con mi respuesta tenía lugar el ritual.

-Súbeme la sotana, hijo.- Yo, callado pero sintiendo un odio indescriptible, le levantaba la sotana hasta la altura de su cintura.

- Baja la cremallera con cuidado y despacio. – Si en alguna ocasión lo hacía más rápido de lo que el quería, me lo hacía saber en un tono imperativo. Supongo que ir disfrutando el momento con la lentitud del tiempo hacía que le excitase más.

- Venga. – Esa era la tercera y última orden que el me daba, con la cuál yo ya sabía lo que tenía que hacer. Ocultaba como podía mi cabeza bajo la sotana. Sacaba el pene de su bóxer y lo introducía en mi boca.

Cuando finalizábamos, él se iba como si nada y yo me quedaba normalmente allí durante un largo rato, sintiéndome sucio y asqueado por mi mismo.

La mañana del crimen, habíamos mantenido una discusión acalorada. En uno de sus paseos matutinos por el jardín, me vio en medio de mi trabajo y me llamó la atención insultándome. En otras ocasiones me hubiese callado, pero aquella vez, quizás harto de sus continúas humillaciones, le contesté que si no le gustaba como trabajaba ya estaba tardando en buscarse otro jardinero. Él se acercó y me abofeteó. Si no hubiera llevado esa sotana que desde pequeño siempre me enseñaron a respetar, hubiese respondido gustosamente a ese bofetón, pero no lo hice y contuve como pude mi rabia.

Por la tarde me ordenó volver de nuevo porque no le había gustado como había podado uno de los rosales. Quería que lo arreglase y que además plantase uno nuevo que había mandado traer.

Aquella tarde, mientras yo intentaba trabajar, el permaneció a mi lado recordándome lo inútil que era y lo bien que se portaba conmigo por no despedirme de inmediato. Yo seguía trabajando aguantando callado sus impertinencias que agredían descaradamente mi dignidad. Cuando las ganas de comer aprietan, anteponer la dignidad es un lujo al alcance de ninguno.

Cuando finalicé mi trabajo y me disponía a recoger mis herramientas, me dijo que le había hecho estresarse más de lo habitual y que quería que le relajase allí mismo. Se apresuró a bajarse los pantalones y yo le lancé una mirada desafiante. Le dije que estaba cansado y que tenía que ir a lavarme las manos que estaban cubiertas de tierra. Me pegó entonces un bofetón. No me dolió pero sí me hizo recordar el que me había dado por la mañana. Entonces, mis ojos se nublaron y sosteniendo aún en mis manos la azada, le di con ella en la cabeza con todas mis fuerzas. Viéndole allí tirado en el suelo, sentí que había recuperado mi dignidad con cada una de las gotas de sangre que había salido de su cabeza. Jamás fue mi intención matarle pero a pesar de todo, no me arrepiento de haberlo hecho.

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