5 jun 2011

Tengo que decir...

.... que aunque para algunos parezca y algo insognificante a mí me ha hecho mucha ilusión el hecho de que publicasen algo mío en una revista. Por algo se empieza.

25 may 2011

Diario de un homicida

Diario de un homicida:



Me contrató sin contrato estableciendo las cláusulas verbalmente y de mutuo acuerdo. El las ponía y yo aceptaba. No de buen grado eso sí, pero por mí condición de inmigrante sin papeles me tenía que callar y tragar. Tragar, tragué mucho, en sentido metafórico y literal de la palabra. Yo siempre estuve en inferioridad de condiciones. De eso se aprovechó desde el primer momento siendo consciente los dos.

Ganaba bien, no lo niego. Muchos paisanos míos hubiesen matado por estar en mi lugar. Soy consciente de ello porque yo también maté, por eso estoy aquí, pero los motivos, aunque bien pudieran ser los mismos, nunca lo fueron del todo.

Me repugnaba su manera de ser. Cuanto más le conocía más asco me daba. En numerosas ocasiones hubiese interrumpido su homilía y en medio de esta, hubiese gritado a todos sus feligreses las prácticas repugnantes a las que él me sometía. Pero en realidad sé que eso hubiese sido inútil. Nadie me hubiese creído y menos aún sin aportar ninguna prueba. Entre un querido y respetado cura y un infeliz inmigrante, ¿quién tendría más credibilidad? Estaba claro.Además no me interesaba perder el trabajo. El dinero me era sumamente necesario tanto para mí como para mandarle a mi familia. Quizás esa era la razón más poderosa y que más fuerza tenía para que yo siguiese con la boca cerrada. Bueno, cerrada ante los demás, pero no en muchos de los encuentros privados que ambos mantuvimos. Formaba parte de mi trabajo, me decía. ¿Qué otro jardinero ganaría lo que yo por cuidar cuatro rosales del pequeño jardín que rodeaba la parroquia?. Ninguno, a nos ser que hiciese trabajos extras. Los míos eran satisfacer sus deseos sexuales. ¿quién lo diría? ¿dónde quedaron sus votos, sobre todo el de castidad?

Si algo he aprendido en esta vida es que nadie regala nada y si yo me ganaba ese sobre sueldo superior al de cualquier otro jardinero por muy bueno y muy bien remunerado que fuese, era sólo y exclusivamente gracias a esos trabajos sexuales que yo le hacía. Aunque yo lo sabía y de sobra, el se jactaba de repetírmelo en cada ocasión que se le antojaba para que, si acaso alguna vez, por culpa de mi desfachatez, se me olvidaba y me negaba a cumplir sus pretensiones, supiese en que condiciones me encontraba.

Me decía que todos los seres humanos, independientemente la condición social, el sexo y la edad, necesitábamos de ayudas externas para sobrellevar las duras situaciones del día a día. Para no estresarnos y sobre todo relajarnos. Algunos recurrían a drogas. Tomarse alguna que otra copa o fumarse un porro después de un día complicado, eran para ellos necesarios. Él, sin embargo, necesitaba relajarse de otro modo que en ninguna ocasión se le ocurrió llamarlo por su nombre real. Por eso lo que yo le hacía no lo buscaba fuera, pagando los servicios de alguna profesional. No, eso era prostitución y eso era pecado. Condenaba la prostitución por encima de todo. Curioso e insultantemente hipócrita. Para él, lo que ocurría entre nosotros dos era lo mismo que ir al fisioterapeuta para que te de un masaje. Lo mismo. Lo único que mis servicios le salían más baratos al carecer de estudios universitarios. Aquella era su manera de explicarme, siempre utilizando un tono burlón, e intentar convencerme de la inocencia de sus actos al tiempo que se justificaba ante él mismo.

Siempre ocurrió en domingo, al menos que yo recuerde. O bien antes de la misa o después. Obviamente nunca durante. Un poco de humor en medio de tanta tragedia nunca viene mal. Gracias a Dios no he perdido aún del todo el sentido del humor.

Él me avisaba y me decía si debía de ir a la sacristía dos horas antes de dar comienzo la misa o debía de esperarle después de que terminase. Le esperaba en la sacristía paralela a la principal. Era una especie de habitáculo en el que no entraba nadie. Absolutamente nadie. Tan sólo él y yo. Nadie más.

Cuando entraba allí sabía que dejaba de ser jardinero para convertirme en su esclavo. Él me hablaba ordenándome y yo callado cumplía órdenes.

Le daba morbo que fuese teniendo la sotana puesta. Le encantaba ir mandándome poco a poco cada una de las cosas que deseaba que le hiciese. En tres órdenes precisas y sincronizadas con mi respuesta tenía lugar el ritual.

-Súbeme la sotana, hijo.- Yo, callado pero sintiendo un odio indescriptible, le levantaba la sotana hasta la altura de su cintura.

- Baja la cremallera con cuidado y despacio. – Si en alguna ocasión lo hacía más rápido de lo que el quería, me lo hacía saber en un tono imperativo. Supongo que ir disfrutando el momento con la lentitud del tiempo hacía que le excitase más.

- Venga. – Esa era la tercera y última orden que el me daba, con la cuál yo ya sabía lo que tenía que hacer. Ocultaba como podía mi cabeza bajo la sotana. Sacaba el pene de su bóxer y lo introducía en mi boca.

Cuando finalizábamos, él se iba como si nada y yo me quedaba normalmente allí durante un largo rato, sintiéndome sucio y asqueado por mi mismo.

La mañana del crimen, habíamos mantenido una discusión acalorada. En uno de sus paseos matutinos por el jardín, me vio en medio de mi trabajo y me llamó la atención insultándome. En otras ocasiones me hubiese callado, pero aquella vez, quizás harto de sus continúas humillaciones, le contesté que si no le gustaba como trabajaba ya estaba tardando en buscarse otro jardinero. Él se acercó y me abofeteó. Si no hubiera llevado esa sotana que desde pequeño siempre me enseñaron a respetar, hubiese respondido gustosamente a ese bofetón, pero no lo hice y contuve como pude mi rabia.

Por la tarde me ordenó volver de nuevo porque no le había gustado como había podado uno de los rosales. Quería que lo arreglase y que además plantase uno nuevo que había mandado traer.

Aquella tarde, mientras yo intentaba trabajar, el permaneció a mi lado recordándome lo inútil que era y lo bien que se portaba conmigo por no despedirme de inmediato. Yo seguía trabajando aguantando callado sus impertinencias que agredían descaradamente mi dignidad. Cuando las ganas de comer aprietan, anteponer la dignidad es un lujo al alcance de ninguno.

Cuando finalicé mi trabajo y me disponía a recoger mis herramientas, me dijo que le había hecho estresarse más de lo habitual y que quería que le relajase allí mismo. Se apresuró a bajarse los pantalones y yo le lancé una mirada desafiante. Le dije que estaba cansado y que tenía que ir a lavarme las manos que estaban cubiertas de tierra. Me pegó entonces un bofetón. No me dolió pero sí me hizo recordar el que me había dado por la mañana. Entonces, mis ojos se nublaron y sosteniendo aún en mis manos la azada, le di con ella en la cabeza con todas mis fuerzas. Viéndole allí tirado en el suelo, sentí que había recuperado mi dignidad con cada una de las gotas de sangre que había salido de su cabeza. Jamás fue mi intención matarle pero a pesar de todo, no me arrepiento de haberlo hecho.

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Diario de un transeunte

Diario de un transeúnte



Hoy llevo un día en el que me he sentido muy fatigado y no se por qué. Mi equipaje es el mismo que días atrás. Ligero muy ligero. A veces pienso que llevo más cosas de las que realmente necesito, a pesar de que soy una persona que no le gusta apegarse a las cosas materiales. Soy bastante realista. Me gusta vivir teniendo los píes sobre el suelo y se que en esta vida me iré del mismo modo que llegué, por lo que acumular riquezas, no es más que una imitación del síndrome de Diógenes pero siendo bien visto por esta sociedad consumista y hipócrita en el que el “tanto tienes tanto vales” es la vara real con la que medir a las personas. ¡Maldito mundo frívolo que no sabe valorar las cosas realmente por su grado de importancia!.

Hoy me he sentido muy fatigado decía. Quizás por la mala alimentación. Creo que eso está haciendo mella en mi debilitado y ya no tan joven organismo. Ya no soy el joven aquel que salí de mi acomodado entorno en el que me encontraba por el status social de mi familia para convertirme en un “buscavidas” más, que ambulan por la vida, solos y sin rumbo fijo. Los años no pasan en balde y a medida que uno va cumpliendo años tiene que ir cuidándose más y mientras, debe ir improvisando la mejor manera para amoldarse a las circunstancias. Lo que en un principio no fue más que una acción rebelde y una aventura, con el tiempo llegó a convertirse en mi modo de vida. No niego que las dificultades hayan sido pocas y que la idea de volver a casa me rondase por mi cabeza en numerosas ocasiones pero si hay algo que me ha acompañado y que no ha cambiado en mí en toda mi vida es mi orgullo.

La mala vida ha ayudado a la aparición prematura de canas en mi cabello. No me importa. De todos mis males ese ha sido el de menor relevancia. También se que mi rostro está notoriamente más cambiado y tal vez más envejecido de lo propio para mi edad. Hoy un hecho me lo ha confirmado. Una señora muy elegante, ha parado su Mercedes frente a mí, se ha acercado y me ha entregado personalmente dos bolsas llena de ropa y muy gentilmente también me ha dado una tarjeta con sus datos personales, para, tal y como me ha indicado, me pueda poner en contacto con ella si en algún momento lo necesito. Me ha dicho que lo hacía porque hacía unas semanas me vio cuando pasó con el coche por esta misma calle y le recordé a su hijo al que no ve desde hacía años. Le he dado las gracias besándole la mano, como todo un caballero tal y como mi madre me enseñó y justamente al marcharse he visto que de su cuello colgaba un medallón con mi rostro gravado de cuando era aún un niño.

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12 may 2011

Murcía

Quiero manifestar y dejar constancia de ello, mi solidaridad con Murcía y las víctimas del terremoto ocurrido ayer. Un abrazo.

7 may 2011

Diario de una imbécil

Diario de una imbécil.



Hace unos días descubrí que me gustaba un chico, o al menos me estaba empezando a gustar, o quizás eso creía yo, porque en ningún momento lo he tenido claro, pero de un día para otro, todo ha cambiado y de verle como un chico y proyecto de algo más, he pasado a verle como un amigo o un posible amigo porque en realidad, ni amigos somos. Siempre he pensado que hay cosas que se las consentiría a un amigo pero no a mi pareja o a una posible pareja.

Estuvimos anoche hablando, poco, pues no se le veía con muchas ganas de hablar, al menos esa fue la sensación primera que me trasmitió. Intenté bromear con él buscando un punto de conexión para entablar una conversación fluida y coherente, pero no había manera, él no terminaba por poner mucho de su parte.


De repente, todo cambió cuando le pregunté por su fin de semana y el me estampó un “bien” escueto y seco, para proceder a decirme que no consideraba oportuno contarme nada más al respecto. Le contesté que vale, que si no quería contarme nada que no me contase, que hiciese lo que él viese conveniente. En realidad, a mí me daba igual saber como había sido su fin de semana, tan sólo le pregunté por romper el hielo y tener algo de que hablar, sin más. Pero por lo visto el no quería contarme pero con la boca pequeña, porque en el fondo y por como siguió encauzando para terminar desembocando la conversación, estaba deseándolo. Así que me dijo que había estado de fiesta con los amigos. Le dije que me parecía muy bien, sin más ¿qué más podía añadir? Luego continúo informándome que bebieron demasiado, lo que yo achaqué a un amago y absurdo acto de justificación cuándo ante mí no tenía que justificarse en absoluto y por lo tanto, en un principio, no lo entendí. Pero entonces fue cuando me dio la tercera respuesta y con ella vino la estocada única y final justo antes de que yo pudiera pronunciar palabra y dar mi opinión sobre el consumo descontrolado y excesivo de alcohol. -Terminé en la habitación de un hotel con una chica- Punto final y silencio por parte de él esperando, supongo, una reacción por parte mía y silencio también por mí parte porque no es que no pudiese decir nada, es que no sabía que decir. Pero después de un silencio, llamémosle respetuoso, demostré tener uno buenos reflejos de reacción y le dije tan sólo tres palabras: ¡Ah!.. bueno… bien. Pero en realidad, ni me parecía bueno ni mucho menos bien, tan sólo la interjección de asombro era sincera, las dos palabras secundarias, igual pudieran ser correctas pero nada más.

-¿No vas a decir nada más?- me preguntó. -Yo no tengo nada que decir- contesté y cierto era. Entonces el me dio una información que si bien es cierto que en otro momento me hubiese encantado escuchar y me hubiese ilusionado, en ese momento carecía para mí del más mínimo interés. Me dijo, que después de ese encuentro en esa habitación, se acordó de mí y hubiese deseado haber estado conmigo.

Me sentí imbécil. Sin duda hay situaciones que no se dan por la torpeza de algunas personas agravado al grado de estupidez de sus acciones.

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29 abr 2011

El secreto del océano

El secreto del océano



La vez primera que vi el mar tenía tan sólo seis añitos. Aún así, visualizo nítidamente y sin esfuerzo alguno aquellos primeros encuentros. Recuerdo acercarme hasta su orilla y retarle. Todo el mundo decía que era grandísimo y que llegaba hasta el infinito, sin embargo yo tan sólo me creía que era enorme y estaba convencida de que tuviese un final. Me pregunté dónde terminaría, así que mojé mi manita con sus aguas y acaricié mi cara en un amago inocente de dar comienzo a un juego infantil, con el fin de buscar la respuesta. Supongo que se dio cuenta que en mí tan sólo encontraría acciones propias dentro del contexto de una ingenuidad absoluta.

De repente, el tiempo cambio su rumbo pasando de ser un día soleado y tranquilo para dejar asomar su soberbia abrumadora con un fuerte oleaje. Todo el mundo se apresuró a recoger sus cosas y se fueron. Sorprendentemente, de mí se olvidaron así que nos quedamos solos los dos. El océano y yo. El uno frente al otro. Permitiendo ser testigos de nuestro pulso ficticio a la arena y la acritud de las rocas. El océano, llamó mi atención dándome pequeños golpecitos de su espuma blanquecina en mi tobillo y me dejé llevar mar a dentro. La ventaja que tiene ser un niño es que no conocen la maldad y por lo tanto, no saben que es el miedo.

La bruma ocupaba todo el cielo confundiéndose con el azul del mar, de tal modo que dificultaba mi visión y la improvisada orientación que en mi cabecita me había creado del camino a seguir, sin embargo, el empuje de las olas, se encargaba de encarrilar mis lentos pasos. No se cuanto tiempo tardé en atravesarle levitando sobre sus aguas cual sirena intrépida y aventurera. El concepto del tiempo no lo debía de tener aún muy dominado pero se que cuando llegué a mi destino un paraíso virgen y salvaje se abrió ante mí. Alguien, no se quién, me extendió su mano y me dijo: El mar y el cielo son azules y se confunden en su color porque ambos están unidos y conducen a las buenas personas al paraíso celestial, dónde ahora mismo estás tú.

23 abr 2011

Ridícula

No creo que sea yo la única persona en el mundo, que en una o en varias ocasiones de su vida, no haya sentido como todas las miradas se agrupaban a su alrededor, acusándola y recliminándola su idiotez y a la vez, haciéndola sentir la persona más tonta del mundo, al tiempo que se sentía totalmente humillada y vejada.


No creo que haya sido yo la única persona en el mundo no, pero la humillación de los demás no es la misma que la que sientes en tu propia piel.


He sentido muchas veces esa horrible sensación de saber que has dicho una tonteria y que pese a que te has dado cuenta en el momento, la gente no ha desaprovechado la ocasión para hacértelo ver y sientes las miradas como puñales afilados clavándote con su desprecio.


Yo se lo que es sentirse ridícula. Yo se lo que es el rechazo de la gente, que aunque a veces no te lo dicen claramente, si te lo hacen sentir. Yo se lo que es eso y se lo que duele, por eso, intento evitarlo hacérselo sentir a los demás, por aquello de que no quieras para los demás lo que no quieras para ti.