29 feb. 2012

Todo tiene su momento.

Todo tiene su momento



Las vueltas que da la vida. Aún no doy crédito a lo sucedido. Más bien me creo que ha sido un sueño diseñado a mi antojo y con la mejor de mis voluntades porque de no haber sido de ese modo, creo que jamás hubiese ocurrido.


Quizás, si se hubiese dado en otras circunstancias, mi sueño de toda mi vida o sin exagerar, que las exageraciones no son buenas, mi sueño desde que le vi con pistola en mano, su cara de malote y con esa voz medio ronca que le daba un aire tan interesante en la serie “Sin tetas no hay paraíso” se hubiese convertido en realidad, pero todo en esta vida tiene su momento y, al fin y al cabo, las cosas siempre pasan por algo. De cualquier modo, siempre hay que mirar el vaso medio lleno en vez de medio vacío y es bonito imaginar lo que pude ser y jamás será.


Quizás no fue coincidencia encontrarme con él sino que fue cosa del destino. El mismo que a veces nos hace pasar muy malos tragos, pero, otras tantas veces, las más, nos da grandes sorpresas que nos dejan un agradable sabor de boca.


Quizás, quizás, quizás… ahora sólo me queda divagar y hacer suposiciones sin sentido.


No me cuesta nada visualizar el encuentro. Cierro los ojos y lo veo nítidamente como si lo estuviese viviendo en este preciso momento.


No tenía ganas de ir. Habíamos salido de una conferencia sobre la crisis económica con mi buen amigo Alberto y de lo único que tenía ganas es de irme a casa, darme una duchita caliente y marcharme pronto a la cama, pero Alberto insistió y no me pude negar. Pasamos antes por casa para cambiarnos de ropa y nos dirigimos hacía la fiesta. Eché un vistazo rápido a mí alrededor y no reconocí a nadie. Me sentía incómoda entre toda esa gente extraña sin embargo, Alberto, acostumbrado a tratar con todo tipo de gente, gracias a su popularidad y su notorio don de gentes, poco le costó sentirse integrado en la fiesta. Yo, aproveché para ir al baño a retocarme un poco el maquillaje. Con las prisas, casi no me había maquillado como Dios manda.


A la entrada del baño de mujeres, tropezó conmigo o tal vez fui yo con él, o quizás lo correcto, y justo, sería decir que tropezamos juntos, con un chico al que, de no haberme dicho él quién era muy avanzada la noche, yo nunca lo hubiese merecido. Yo le reproché de malas formas su tropiezo, y él, en vez de contestarme del mismo modo y como admito, me hubiese merecido, me pidió disculpas con una tremenda sonrisa que me descolocó por completo.


A la media hora, volvimos a coincidir. En esta segunda ocasión, fue Alberto quién nos presentó:


-Mira, sabes quién es ¿verdad?


-No, lo siento- respondí yo, que para ese entonces, ya había olvidado el incidente del baño.


-¿Cómo que no sabes quién es?


-Me replicó Alberto ante la atenta mirada de su amigo que permanecía callado pero con una leve y penetrante mirada.


-¡Es Miguel Ángel!


-¿Miguel Ángel? Lo siento pero ahora no caigo. Perdón.


Entonces, el se adelantó, y dándome los dos protocolarios besos de cortesía, me dijo que era Miguel Ángel, el chico torpe con el que había tropezado en el baño.Yo me debí de ruborizar y tan sólo pude alcanzar a acercarle mi cara para aceptarle sus besos, mientras él, acompañaba el gesto, cogiéndome levemente por el antebrazo. Gesto que me agradó y me hizo sentir culpable por la forma tan grosera que le había tratado.


-¡Ah, sí!, perdón, por no reconocerte… y disculpa si antes te había hablado de malas formas.


-¡Nada, no pasa nada. Además tenías razón. Soy un torpe.


Yo, eché la vista hacía el suelo, como un ridículo amago de ocultar mi rostro ruborizado, y él, con una discreta carcajada, le quitó hierro al asunto mermando mi vergüenza hasta hacerla desaparecer.


Al instante, el móvil de Alberto sonó y necesitó irse de inmediato de la fiesta. El problema de ser un economista brillante es que siempre tienes que estar disponible para dar una conferencia en el momento más inesperado.


Miguel, por su parte, se ofreció muy gentilmente a acercarme a casa cuando yo desease. Fue ahí cuando comenzó lo mejor de la noche. Miguel, que pareciese que me conociese de toda la vida, supo descifrar el mensaje de mi rostro y me invitó a abandonar la fiesta e ir seguir disfrutando de la noche en otro lugar. Yo se lo agradecí. Nunca he sido amiga de los lugares con mucho tumulto y demasiada gente.


Fuimos a cenar y luego me invitó a pasear por la ciudad. Si hay algo que me gusta de Madrid es la tranquilidad que se respira por sus calles acumulándose el ajetreo en los locales de moda en las noches de entre semana, porque si hablamos de fines de semana, la tranquilidad pasa a ser una utopía.


Paseando por la calle, me paré en una de las marquesinas que anunciaban una de las últimas películas en cartelera. Entonces, después de haber estado toda la noche con él, caí que Miguel Ángel, era el Duque, mi Duque. No podía creerlo.


Un brote de emociones se adueñaron de mi cuerpo. Estaba entre nerviosa, emocionada, ilusionada, asombrada… El volvió a soltar una carcajada de las suyas, me miró fijamente, con esa mirada que lograba estremecer todo mi cuerpo y me dijo:


-Tranquila. Ahora no soy el actor y el Duque, hace tiempo que dejé de serlo. Recuerda que le mataron en el último episodio de la seria. Hacía tiempo que no compartía una tarde tan agradable con una mujer, sin necesidad de haberme acostado con ella y sin que ella estuviese conmigo por ser quién soy. Gracias.


-¿por qué me das las gracias?


-Porque por una noche, he vuelto a ser una persona anónima a la que no se le trata de un modo especial. Gracias porque eso sólo una persona especial como tú podía lograr hacerme sentir una persona normal.


Entonces, me agarró de la barbilla y me besó. No fue un beso de película o de cine. Fue un beso de sueño. Mi sueño inesperado convertido en realidad.Después de aquella noche, nos hemos vuelto a ver un par de veces más pero…. Todo tiene su momento y él, ahora, tiene que estar concentrado en sus cosas y yo en las mías, no es el momento para comenzar nada, al menos nada que vaya más allá que una bonita amistad. Él dice que necesitamos tiempo pero, yo sé que no es sólo eso. Todo tiene su momento y el nuestro no nos corresponde compartirlo ahora juntos. Paradojas de la vida.

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