28 ene. 2012

Quince mil encantos.

Quince mil encantos



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Cuando conoces a una persona, la admiras hasta el punto de idealizarla, de tal modo, que no ves en su rostro, o en su nombre, un único encanto, sino un innumerable de ellos… pongámosle, redondeando a la baja, quince mil encantos, y hasta en los días malos, bien pudieras ver, probablemente, otros quince mil encantos más.

Sin embargo, nadie es perfecto, incluso te avisan del peligro y te repiten que nadie es perfecto y por tanto, él tampoco lo es, pero tú no haces caso ¿por qué vas a creer que tiene que ser así si tú sólo crees en lo que ves, y lo que ves, es todo bonito… o casi todo? Pero en realidad, no te das cuenta, o mejor dicho, no te quieres dar cuenta, que no ves nada, y que lo único que tienes son palabras, que son papel mojado… nada más. Eso y nada, es lo mismo.

Pero, si no es un día es otro, todo termina por explotar, y resulta que explota, sí, en tú puta cara te explota la verdad, de la forma más agria y amarga que jamás hubiese llegado a imaginar. Te explota esa verdad, esa que tú te empeñabas en no querer ver, y entonces ¿qué pasa? Pues que te sientes la persona más imbécil que pudiera existir en la faz de la tierra. Te ha jodido, te ha jodido pero bien. A ti, a quién tanto quería…. ¡los cojones!... lo dicho, no eran más que palabras mojadas. Entonces sientes la rabia y la impotencia concomiéndote por dentro. Te ha jodido y, encima, lo has consentido. ¡Tú eres gilipollas chica! Te repites a ti misma.

Te jode, ¡¿cómo no te va a joder?! Te jode todo. Lo que ha pasado sumado a la decepción. Te jode. Entonces buscas a ver esos encantos que veías, a ver si queda alguno que te compense la rabia, que te dé una explicación a lo sucedido y la única respuestas que encuentras es que el fue un hijo de puta que lo único que le preocupó es salvar su puto culo a costa de lo que fuese. ¡Valiente hijo de puta!. Buscas los encantos, pero lo único que ves en su lugar, son cristales rotos. Quién creías que era, se ha convertido en decepción y quién te decepciona, es raro que vuelva al pedestal donde un día le pusiste. Miras con tristeza esos cristales rotos que brillan bajo tus píes, y aunque sabes que es difícil dar marcha atrás, porque las cosas siempre pasan por algo, dices, bueno, vale, vamos a darle a una oportunidad. Que se explique, pero eso sí, ahora te guardas una carta debajo de la manga, porque quién te jode una vez te jode ciento, así que probablemente, me la volvería hacer. No me equivoqué.

Entonces, miras de reojo a un lado en búsqueda de sus encantos, pero ya sin ilusiones de verlos ni mucho menos de encontrarlos, y en su lugar, no ves ni los cristales rotos que les sustituyeron. No queda nada. Vacío. Nada más.

Quizás, en algún momento, llegaste a pensar que era una suerte ser su amiga. Sin embargo, con el tiempo, ese que se encarga de poner todo en su sitio, te das cuenta, que la suerte la tuvo el por haber sido yo su amiga y él no haber sabido valorar mi amistad.

En los días como hoy, en los que la irascibilidad domina mis emociones, me acuerdo de los momentos y me jode que a ti no te doliese, porque sólo lo que duele es porque se quiere y si no sentiste dolor por mí, y lo sentiste tan sólo por ti, es porque todo era mentira. Pero no pasa nada, en tu pecado tendrás tu penitencia, eso sí no lo has tenido ya. Tiempo al tiempo.

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