4 nov. 2009

Anubis

Los traviesos y finos hilos que amenazan a su antojo el destino de uno, hicieron que volviese al pueblo que me vio nacer, del que guardaba tan gratos recuerdos y del que, del mismo modo que acababa de volver, los vaivenes de ella, me hicieron tiempo atrás, alejarme de sus tierras con su fresco olor a hierbabuena.

Baje del autocar y al poner mi píe derecho en el suelo de la estación de autobuses, tuve una extraña sensación. Era consciente que habían pasado muchos años y con el trascurso de estos, muchas cosas hubiesen cambiado pero...

De camino a mi casa, iba atravesando cada calle que me encontraba en mi camino, lentamente, mirando a un lado y a otro, buscando estímulos que me hiciesen recuperar los recuerdos de mi infancia que en mi inconsciente se posicionaban, sin lugar a duda, pero que estaban levemente adormecidos.

Recordé el lugar de encuentro de aquella época: una discoteca, la única, ubicada a la entrada del pueblo justo en el cruce con la carretera que comunicaba el pueblo con los de la zona noroeste de la provincia.

Mi empeño se concentraba en encontrar a algunos de mis viejos amigos que confiaba viviesen aún en el pueblo, pero mi intento fue en vano. No quedaba ni uno. Pregunté que había sido de ellos y únicamente me respondieron con caras palidecidas y cabizbajas que, dábanme la impresión de encontrarse presos por un desproporcionado temor.

Se respiraba un ambiente muy cargado, todo era tremendamente extraño y misterioso, una dominante nebulosa cubría la verdadera razón de todas aquellas dudas encubiertas por el silencio y el miedo que invadían a los lugareños.

Me dejé llevar por mis gobernantes pasos que se imponían imperativamente a mí hasta que me situaron frente aquella nostálgica discoteca. A pesar de que conservaba aún el mismo estilo aparentemente, su prestigio y su clientela, habían mermado con el paso de los años hasta el punto de no existir.

Jamás le he dicho un no a un reto y siempre, que alguien gritaba que no se podía pasar por existir peligro de derrumbe, yo era la primera que daba el paso hacía adelante imponiendo mi rebelde valentía y retando a todos los riesgos.

Sabía que la cortina de humo que ocultaba todo aquel misterio, se hallaba detrás de aquella doble puerta marrón de la discoteca. Pensé que no sería tan difícil descifrar aquel enigma que a todos los habitantes que aún quedaban en mi pueblo, les tenía totalmente cambiados, habiendo borrado incluso la alegría de la que tanto hacían gala y que tan conocida era en todo el mundo.

Me advirtieron del peligro, no será porque no lo hicieron. _No entres, no seas tan insensata, no sabes el riesgo que corres. Nadie de los que han entrado, han vuelto. No entres, no se sabe que habrá allí pero no es la discoteca que fue tiempo atrás. Los dueños cambiaron y con ellos empezó el misterio. Ni siquiera sabemos quienes son los dueños, por lo que se rumoreó cuando tuvo lugar la venta, se trataba de unos forasteros. No entres._

Acoplé el miedo que percibía y mágicamente lo torné en valentía y coraje para atravesar la puerta sin que este me dominara y me hiciese dar media vuelta de inmediato.

El deslumbrante rótulo con el nombre de la discoteca, Anubis, que lucía con letras mayúsculas justo encima de la puerta y con letras que se encendían y se apagaban a cada rato, me lograron provocar una inesperada y molesta ceguera momentánea. Fue tan solo cuestión de segundos, pero un fuerte pálpito me estremeció. Sentí la desagradable sensación que, algo malo me iba a suceder, fue entonces, cuando dude y quise echarme atrás pero, ni aún se el motivo, pero lo cierto es que no lo hice y aunque estuve frente a la puerta durante unos minutos, al final, la abrí.

Conté hasta tres y empujé enérgicamente la puerta. Me sentí invadida por un fortísimo golpe helado que atravesó mi cuerpo como si de una espada se tratase. El local estaba, repleto de muertos con su rostro visiblemente putrificados.

Como si de un acto reflejo, miré la manga derecha de la cazadora blanca que llevaba puesta y vi como se iba cambiando de color hasta, sorprendentemente transformarse en un gris triste y apagado, ya no solo la manga, sino toda la cazadora entera y de la cual procedía un vomitivo olor a putrefacción que emanaba de mi cuerpo.

Note como mis uñas se despegaban solas de mis dedos cayéndose todas de golpe en milésimas de segundos, supe entonces que algo raro estaba ocurriendo. Fue extraño, porque siempre me explicaron que cuando un cuerpo muere, lo único que permanece en el y creciendo sin mesura, eran las uñas.

No entendía nada, sabía que mi cuerpo estaba experimentando algo que se me estaba yendo de las manos y maldije una y mil veces el instante que me decidí a entrar a husmear en aquella discoteca.

_ Te estábamos esperando. Dijeron al unísono todas y cada una de los muertos que a mi alrededor se encontraban y me miraban con los cuencos de sus ojos al descubierto.

_ ¿A mi? ¿ por qué?

_ ¿Nadie te ha explicado nada? Eres la reencarnación de Anubis y te estamos esperando para que embalsames nuestros cuerpos, nos lleves hasta la necrópolis, más allá del río y nos protejas con tu vida.

_¡¡¿yo?!!!

_ Si, tu.

Oí de repente y a lo lejos un timbre, miré hasta esa dirección y al final de ella ví la luz, supuse desafortunadamente que se trataba del camino a la necrópolis a la que debía de conducirles pero...

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