4 dic. 2008

El canto del ruiseñor

Levité mi alma más allá del sol poniente,
dejé tras mis pasos, mi país –mi razón de ser-
que supo abonar mis tierras con vino tinto,
y en su capital mis semillas vieron florecer.

Emprendí el camino rumbo a lo desconocido
y metí en tu valija mi cuerpo cambiado
exponiéndole sin miedo a un futuro incierto
por culpa de mi corazón enamorado.

Me propuse ser una intrusa en tierra ajena
humilde aprendiz de otras costumbres
discípula predicadora de nuevas creencias
un miembro más entre las servidumbres.

Edifiqué así un templo tibetano en el aire
donde poder refugiarme a meditar mis deseos
purificar mi alma y relajar mis músculos
fugitivos del ardor peso de mis anhelos.

Escalé la blanca muralla del tiempo perdido
a ofrecerle mis dudas como un don divino.
Y dejar pasar allí las horas rebuscando
mi piedra energética cubierta de oro alcalino.

Me encadené a la sombra de la incertidumbre
hipotecando el amasijo de mis ausencias
caminando al interior de un nuevo mundo
que engrandecía, poco a poco, mis carencias.

Escuché, a lo lejos, el cantar del ruiseñor
que sutilmente me indicó mi certero destino
haciéndome abrir los ojos para volver a recorrer
hasta regresar al punto cero de mi camino.

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